top of page
  • elenatorresseptien

Cuento corto

Actualizado: 2 nov 2021

Viento y Marea



Una fría mañana de octubre, San Cristóbal del Rosal amaneció lluvioso y con la novedad de que el reverendo Baldomero Reyes se retiraba. Durante los treinta años que residió en el pequeño poblado su conducta fue ejemplar y era muy apreciado en la comunidad.

Cansado y enfermo, sólo esperaba la llegada del padre Gonzalo Cabrera para presentarlo ante la grey católica del lugar y jubilarse en la morada de la virgen del Carmen.

Por su parte, los creyentes estaban impacientes por conocer a su nuevo guía espiritual y

durante semanas vigilaron tenazmente los caminos en su búsqueda, aunque nunca lo vieron llegar.

Sencillamente una mañana se apareció en la iglesia un joven alto, blanco y risueño que subió al púlpito con paso firme comenzó a impartir la misa con una voz hermosa. La sotana validó su identidad

-… y Jesú calmó la tempestad mientras sus discípulos se preguntaban ¿quién es éste que

hasta el viento y el mar le obedecen?- Aquel tono agradable y la elocuencia de sus palabras cautivaron a los feligreses que regularmente dormitaban durante los servicios religiosos del padre Reyes, e incluso dos o tres ateos también le creyeron.

Ajeno a la situación, el padre Baldomero entró desprevenido al templo y se quedó

petrificado cuando entendió que la ceremonia había iniciado. Una desconocida sensación de ira y envidia dominaron su alma. Consideró una falta de respeto el proceder del joven

Gonzalo, quien nunca le fue a presentar sus respetos ni le avisó de su presencia en el lugar.

Permitió furioso que terminara el sermón para darle instrucciones y hacer la entrega formal de la parroquia, pero tuvo que esperar pues terminado el oficio la gente se arremolinó en torno del nuevo sacerdote, que sonreía complacido como actor de telenovelas.

Fue un encuentro frío y breve en medio de una penumbra iluminada por veladoras.

Al día siguiente el asombro del anciano sacerdote fue mayúsculo. La misa de seis estaba

abarrotada de parroquianos y hasta los más apáticos se anotaban para colaborar en los

patronatos de beneficencia. Todos deseaban ayudar y estar cerca del padre Gonzalo que no se daba abasto con tanta participación.

Enfadado, Baldomero Reyes decidió quedarse unos días para apoyar al joven sacerdote,

quien ignoraba estoicamente los mordaces comentarios del viejo, que se quejaba de su

inexperiencia y juventud.

Transcurrieron varias noches antes de que los demonios tentaran al padre Baldomero.

Oscuros pensamientos se apoderaron de su mente y temeroso de sí mismo salió a caminar.

Se detuvo junto al lago Del Rosal donde lloró arrepentido y se prometió abandonar San

Cristóbal al amanecer.

En el camino de regreso distinguió al padre Gonzalo que se encontraba en el extremo

contrario del estanque. Parecía conversar con alguien, pero sólo divisó a un par de gansos por ahí.

Volvió a casa y trató de dormir, pero conforme pasaban las horas se sentía peor. La culpa y el odio urdían sentencias dantescas en su mente y para el medio día el padre Baldomero se hallaba fuera de sí. Continuaba en el pueblo y ya no ocultaba su antipatía hacia Gonzalo Cabrera. Aseveraba que era un impostor, que él había descubierto todo cuando lo sorprendió casualmente hablando con las bestias, y que con el poder de su lengua los arrastraría a todos al infierno.

Los habitantes estaban consternados por las acusaciones del padre Reyes. Muchos

pensaron que se había vuelto loco y se reían a sus espaldas, pero otros lo escuchaban con atención:

- ¿Ya notaron cómo desaparece por las noches?¿eh? – Decía con voz entrecortada- y

nunca besa la cruz. Hace como que la besa pero no…y fíjense cómo mira a las muchachas, cómo les habla y hasta las toca… eso no está bien, no, no… jamás menciona el nombre de Jesús, ¡él dice Jesú! Para no pronunciar su nombre. Es tan claro, ¿Cómo no lo ven? ¡Abran los ojos! ¡Es un impostor! Seguramente mató al verdadero padre Gonzalo y …

Estos argumentos sembraron la duda en los más ortodoxos, quienes encontraban cierto

sentido a las palabras del padre Reyes y para la misa de doce reinaba el caos.

- Y Jesú dijo: si te dan una bofetada, colocad la otra mejilla- Expresó el joven clérigo

- ¡Ajá! ¿Vio doña Juliana? ¿Vieron todos? – Gritó enloquecido- ¡Nunca dice Jesús!

- Ahhhh - El alarido de la multitud calló al padre Balomero.

Gonzalo Cabrera se había desplomado y yacía inconsciente en el suelo. Lo trasladaron

de inmediato a casa del doctor para tratar de salvarlo y el pueblo entero se aglutinó en

la banqueta del médico. Ahí los rumores eran incontenibles: Que si el padre Baldomero

lo había envenenado o que si Dios había castigado al impostor eran los más comunes.

Cuando salió el doctor Mortera todos guardaron silencio.

- Don Gonzalo está fuera de peligro- Declaró ceremoniosamente. La fiebre ha

comenzado a ceder y se recuperará de la pulmonía. Como todos saben, dijo

sarcásticamente sin quitar la vista al sorprendido padre Reyes- tiene el mal hábito de

mojarse los pies en el lago durante las noches, a donde le gusta ir a meditar.

Eso aclaró muchas cosas y las miradas se volvieron iracundas hacia el padre Baldomero,

quien abatido se retiró del lugar.

El enfermo era fuerte y se recuperó en menos de una semana. Su primera salida fue

para visitar al Baldomero Reyes, perdonarlo y despedirlo, ya que finalmente se iría de

San Cristóbal.

Conversaron amablemente y se despidieron como buenos amigos, pero en cuanto se

quedó solo, el viejo se volvió a sentir preocupado.

Salió a caminar por última vez y nuevamente terminó en la ribera del lago. La presencia

de los gansos que nadaban bajo las estrellas le infundieron la paz que necesitaba para

reflexionar sobre su alma atormentada.

Su tranquilidad se esfumó cuando percibió la figura del padre Gonzalo que meditaba

con los pies adentro del agua.

- Dios mÍo – Sollozó ¿Por qué la ira y la envidia se apoderan de mi alma?¿Qué prueba

es esta? Pensó acongojado. Una ráfaga de viento golpeó la cara del padre Baldomero

como llamarada del infierno y levantó la sotana del joven sacerdote.

La marea redujo el nivel del agua y el anciano corrió enloquecido, levantó una estaca

del suelo y la clavó en la espalda del joven párroco, quien no lo vio venir porque en ese

momento se ponía los zapatos.

Al amanecer un campesino los descubrió en el fango. El padre Cabrera yacía muerto

junto a Baldmero Reyes que deliraba por la fiebre y suplicaba que le quitaran los zapatos

al padrecito Gonzalo para que no se fuera a enfermar.

- ¡Asesino!

- ¡Loco!

- ¡Justicia divina!- Gritaban los fieles en el funeral.

El sermón del domingo lo ofició el pastor del pueblo vecino, y estuvo dedicado a la

memoria del difunto sacerdote y al perdón del padre Reyes, quien desde su encierro

hubiera dado la vida porque alguien le quitara los zapatos al perverso Gonzalo cabrera

y le viera las patas de cabra.


4 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

Comments


bottom of page